el coro de las brujas

El coro de las brujas

Erick Quesnel

19 de septiembre de 2014

Hoy se cumplen 29 años del temblor que sacudió, entre otras plazas, a la ciudad de México en 1985. Hay mucho que recordar, mucho que honrar, y también mucho en qué pensar al respecto.

Como muchos mexicanos, también estoy al pendiente de los daños provocados por las inclemencias del huracán que azotó hace unos días las tierras de Baja California Sur… tengo amigos en La Paz y en Topolobampo, y al menos ya me comuniqué con los de una de esas dos ciudades. Se vuelve imperioso ver con atención las noticias.

Surgen en la mente las comparaciones entre la forma en que reaccionó la gente en uno y en otro caso:

  • En 1985, la población de la capital de inmediato reaccionó buscando la manera de ayudar a los damnificados, fueran o no familiares, amigos o conocidos. Cada quien fue buscando la forma en que su propio esfuerzo podía resultar más útil a los demás. Conforme pasaron los días y ante la casi nula — y en ocasiones contraproducente– intervención de las autoridades, la gente se fue organizando de diversas formas para lograr mayor eficiencia y eficacia. La respuesta social expresó claramente una conciencia de solidaridad y de organización del servicio a los necesitados.
  • En Baja California Sur, de acuerdo con las noticias, resultan impresionantes la rapiña y el vandalismo, que en un principio parecía dirigirse tan solo contra los almacenes comerciales, pero que ahora queda claro que también se expresa como vandalismo (incluyendo—entre otros abusos– robos y violaciones) contra la gente en sus casas destruidas y sin servicios. De nuevo, la autoridad parece brillar por su ausencia y la gente se organiza en sus barrios y colonias, pero ahora para defenderse de los malandros. Las palabras clave de la conciencia social parecen ser rapiña y organización de la autodefensa.

A respuesta social de los mexicanos en ambos casos presenta elementos en común, pero el contraste es enorme;… y dicho contraste golpea el espíritu haciendo emanar preguntas en búsqueda de explicaciones frente a la necesidad de entender sus motivos: ¿será que en ambos casos hay de todo por igual y lo único que cambia es la manera en que los medios transmiten las noticias?, ¿será que el contraste se debe al tipo y magnitud de los daños?, ¿será que los chilangos son mejores personas que los bajacalifornianos?, o ¿será que en estos casi treinta años han sucedido cosas que han repercutido en un proceso de deterioro de la conciencia de los mexicanos?

Aun suponiendo que, como en botica, haya de todo un poco, no encuentro un motivo claro por el cual los medios distorsionen los hechos a tal grado; tampoco puedo creer que los chilangos seamos esencialmente mejores personas que los norteños, y aunque sí llego a percibir diferencias de grado en la situación general de falta de bienes y servicios vitales, principalmente de agua potable, creo que también es importante detenernos a pensar acerca del posible deterioro en la conciencia ética de los mexicanos como consecuencia de distintos sucesos y condiciones.

Cabe, por ende, preguntarnos si podemos acaso identificar sucesos que directamente deterioren la capacidad de los mexicanos para reaccionar socialmente en forma ética.

La población mexicana que en 1985 tenía 15 años o más, había crecido en un país que ofrecía oportunidades de trabajo y de vida sostenidos por un modelo de desarrollo económico que había traído mejoras para los distintos sectores de la población, al menos desde 1952. Se exaltaban las raíces históricas que fortalecían el orgullo de ser mexicano, destacando entre ellas los valores de la justicia social y el bien común. Los conflictos sociales de los mineros en 1948, de los ferrocarrileros en 1958, de los maestros y campesinos en 1959, los médicos en 1960 y 1964, los estudiantes en 1968, y las guerrillas y la insurgencia obrera en los setentas, eran –entre otras cosas—expresión de la insatisfacción que producía el contraste entre los valores promovidos y las mezquinas prioridades del gobierno en su afán de control corporativo, y su inclinación hacia las acciones represivas.

Aun y cuando los topes salariales se habían impuesto desde 1977 y las “cartas de intención” con el FMI se firmaron en 1983, y ambas decisiones de política pública habían golpeado directamente los niveles de empleo y de ingreso de la población, en 1985 este tipo de acciones se percibía como reversibles dentro del marco existentes, y sus promotores las pretendían justificar como medidas coyunturales frente a las crisis económicas de 1976 y 1982.

Los opositores al régimen, tanto desde la izquierda como desde la derecha, teníamos claro que el “voto duro” del PRI era suficiente para que ellos controlaran los tres poderes del Estado tanto en el nivel federal como en todos los estados de la república. La idea de fraude electoral, se limitaba a elecciones municipales muy localizadas y, probablemente, a una o dos elecciones estatales, sin olvidar las referencias históricas a lo sucedido en 1940 y 1952.

En contraste, la gente que hoy en día puede movilizarse y actuar, en forma organizada o no, proviene de una experiencia sustancialmente diferente. Los golpes a la economía de la gente del pueblo que hace tres décadas se presentaban como “sacrificios coyunturales” se convirtieron en “las reformas estructurales que el país necesita…”, ¿para qué?… parece que sencillamente para cumplir con las directrices y recetas emanadas de quienes controlan la bolsa de valores de Nueva York y el Fondo Monetario Internacional. El resultado práctico es bien sabido: en tres décadas y a cambio de que se han profundizado y agravado los niveles de pobreza en México, la economía nacional no ha crecido en términos de PIB per cápita, aun y cuando si se ha logrado enriquecer enormemente a una pequeña elite de allegados al poder político y a los intereses de Wall Street.

En este camino, se han golpeado los derechos del común de los mexicanos al trabajo digno, a la pensión por retiro, al aprovechamiento productivo de la tierra y al impulso de empresas nacionales, primero por la vía de los hechos (con medidas de administración pública de los recursos fiscales y de la justicia), y posteriormente con reformas legislativas que han venido borrando los preceptos correlativos del marco jurídico. No es una exageración decir que la constitución de 1917 fue retorcida con las reformas de 1992 y con la firma del TLCAN en 1993. En 2013 y 2014, se terminó de quebrar el referente constitucional a un modelo de país soberano con el paquete de reformas estructurales aprobadas bajo la administración de EPN.

Es interesante recordar que a principios de los años ochenta, Corea del Sur y la India atravesaban por una situación parecida a la de México, pero se negaron a adoptar las recetas del FMI y, con ello, ponernos a pensar qué tan benéfico o perjudicial ha sido el modelito al que se ha venido obedeciendo en forma fanática, casi fundamentalista.

Como el tema de nuestra reflexión es la conciencia ética de la sociedad mexicana, es necesario observar las formas en que la gente se ha expresado de frente a la imposición del llamado modelo neoliberal y sus nefastas consecuencias.

En lo económico, la gente ha seguido luchando por su supervivencia, ya sea migrando hacia otros países o hacia nuevas actividades (como la economía informal o, en el peor de los casos, la delincuencia).

En lo político, la gente ha buscado remover a la elite gobernante; con el resultado de que con tal de imponer a representantes de sus intereses, el grupo hegemónico ha tenido que recurrir al fraude en tres de los cinco procesos de elección presidencial que han ocurrido en el periodo en cuestión (1988, 2006 y 2012).

La expresión de la Asociación Mexicana de Bancos frente a la posible alternancia durante el proceso electoral del año 2006 fue muy clara al respecto: “…mientras sea entre Labastida y Fox,… ¡que se haga la democracia!”. Lo que no pueden tolerar los señores representantes del capital financiero internacional, es el riesgo de que se llegue a poner en duda la continuidad de su modelo, de ahí la premura para aprobar leyes y otras medidas que limiten la posibilidad de que un cambio democrático tenga los medios para conducir un cambio en el rumbo económico.

Ahora bien, cada uno de los abusos en la administración de los recursos públicos y de la justicia (baste recordar los asesinatos en el sexenio de Calderón), como los cambios en la legislación interna y los acuerdos internacionales, así como los tres fraudes electorales en la elección presidencial, han sido acompañados de sendas campañas de desinformación y de la voz en coro de algunos intelectuales con una fuerte inclinación para presentar como algo natural y correcto aquello que no debía haberse hecho.

Ha llegado el momento en que la clara denuncia de hechos graves, no tiene consecuencia alguna si implica a los representantes del grupo hegemónico en el poder (tanto político como económico). Pareciera ser que hay que aceptar que si son ellos quienes hacen tropelías, así afecten a otras personas, “…está bien y no hay de otra…”.

En esta tónica, el preocupante comportamiento de quienes se suman a la rapiña y al vandalismo en Baja California Sur, se puede llegar a asumir como una forma algo rudimentaria de hacer lo mismo que ha venido exhibiendo la elite en el poder y que se ha difundido ampliamente como “válido y realista” de acuerdo con los “valores” del modelo neoliberal que se fincan en los contenidos ideológicos pregonados por los representantes de dicha elite, sean o no egresados del sistema educativo norteamericano.

En un pasaje de su obra de teatro “Macbeth”, William Shakespeare pone en boca de las brujas que fungen como oráculo de la tragedia, las siguientes palabras:

“…fair is foul, and foul is fair…”

Es decir, que las acciones legítimas serán sancionadas y las marranadas serán legitimadas. Así pues, cuando alguien se suma a las voces que deslegitiman las formas de resistencia frente a los atracos e imposiciones del poder y, en contraparte, presenta como acciones legítimas y necesarias esos mismos atracos e imposiciones, podemos asumir que está contribuyendo al deterioro de la conciencia ética en la sociedad mexicana, al sumarse alegremente al coro de las brujas.

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